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Las Dos Leyes Clave Y Su Relación Recíproca

Por Francisco-Manuel Nácher López

 

Asegura Max Heindel que, si la Humanidad conociese la existencia y el funcionamiento de las leyes de Renacimiento y de Retribución, el mundo cambiaría radicalmente.

Por poco que pensemos, tendremos que admitir que Max Heindel tenía razón. Y ésa es precisamente nuestra labor, como seguidores suyos que somos: diseminar la enseñanza sobre esas dos leyes y su funcionamiento.

Meditemos, pues, un poco, sobre ellas y pronto caeremos en la cuenta de que no son dos leyes del mismo rango, sino que una está supeditada a la otra, es su consecuencia natural.

Porque, si no existiese la ley de Retribución, no necesitaríamos renacer. O, dicho de otro modo: renacemos porque tenemos deudas que pagar o créditos que cobrar y eso sólo lo podemos hacer viviendo en el mundo físico y conviviendo con nuestros deudores y con nuestros acreedores.

Ésa es la explicación de que los Hermanos Mayores no tengan necesidad de renacer: ellos ya equilibraron la balanza, agotaron sus deudas y sus créditos para con sus congéneres y, como consecuencia de ello, quedaron liberados del renacimiento.

Hay que tener en cuenta, por tanto que, no sólo hemos de pagar nuestras deudas (Cristo lavó los pies de sus discípulos para pagarles la oportunidad que le habían dado de enseñarles; y Parsifal curó a Amfortas para pagarle el favor que éste le había hecho con su sufrimiento, que le permitió comprender dónde estaba el error que aquél había cometido), sino que hemos de cobrar también nuestros créditos. De otro modo, la balanza no quedaría equilibrada y habríamos de renacer de nuevo para cobrarlos.

Y esa exigencia de cobrar nuestros créditos es, precisamente, lo que pone en funcionamiento otra ley cósmica: la Ley de la Unidad, según la cual todos constituímos una unidad, todos nos ayudamos - recordad mi trabajo "¿Dar gracias a quién?" - y todos, querámoslo o no, vamos avanzando, como un conjunto, de modo imparable, aunque demasiado lento.

Fijémonos en esto: Se nos dice que debemos orar. Y que la oración debe consistir en dar gracias a Dios y en amarlo sobre todas las cosas y, en su representación, puesto que son partes suyas, a nuestros semejantes y a todos los seres vivientes. A primera vista, parece extraña esa exigencia, pues uno tiene la idea preconcebida de que Dios no necesita nuestras oraciones ni nuestra adoración. Pero, ¿es así realmente? ¿Cómo vamos a pagar nuestras deudas de amor por Su parte, Su entrega, Su ayuda permanente, Su descenso a la Tierra, Su aprisionamiento anual en ella, si no es agradeciéndoselo? Son deudas que contraemos y que hay que pagar. Pero también son créditos, desde el punto de vista de Dios que, en virtud de la Ley, ha de cobrar para seguir evolucionando.

Porque, como nos dice clarísimamente Max Heindel, Dios, nuestro Dios, el creador de nuestro sistema planetario, está también evolucionando, y lo hace a la par que nosotros , que "en Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser". Y, si nosotros, que somos células en el cuerpo de Dios, no evolucionamos, Él tampoco puede evolucionar. Y, si Él no evoluciona, nosotros tampoco podemos hacerlo. Existe, pues, una simbiosis inevitable entre Dios y Sus criaturas. Exactamente la misma, aunque a un nivel superior - como arriba es abajo y como abajo es arriba - que existe entre nosotros - nuestro espíritu - y las células que componen nuestro cuerpo físico: nosotros no podríamos vivir en la Tierra sin ellas. Pero ellas - que son espíritus virginales como los nuestros - no podrían vivir ni evolucionar, si no formaran parte de nosotros, si no estuviesen compenetradas por nuestra vibración - de ahí los rechazos de órganos ajenos - o sea, si no "vivieran, se movieran y tuvieran su ser en nosotros".

La Ley de Retribución, pues, es la clave de la evolución, a todos los niveles y en todos los planos.

Mientras hay deudas y créditos, existe un desequilibrio entre deudores y acreedores. Desequilibrio que hay que nivelar por exigencia de la Ley, para poder subir un escalón. Fijémonos en esto: si entre nuestros vehículos hay desarmonías, el resultado es la enfermedad. Si vibran al unísono con el Espíritu, el resultado es la salud. Sólo si vibramos, pues, armónicamente entre nosotros y al unísono con Dios, haremos posible que Él evolucione. Porque, lo mismo que cuando nosotros nos elevamos a lo alto y recibimos la correspondiente lluvia de amor, que nos embarga, sentimos vibrar armónicamente todos nuestros vehículos y experimentamos la certeza de haber dado un paso adelante en nuestra evolución, Dios necesita de nuestra armonía y de nuestra sintonización con Él para poder experimentar, por Su parte y a Su nivel, esa misma ampliación de conciencia.

A lo largo de nuestra evolución, vamos siendo, pues, sucesivamente, deudores y acreedores de Dios. El problema radica en que Él paga siempre puntualmente Sus deudas - enviándonos Su amor y Su ayuda a cambio de nuestras oraciones - mientras que nosotros, ordinariamente, retrasamos irresponsablemente nuestra justa respuesta para equilibrar la balanza y permitir a Dios avanzar debidamente.

Ésa es la causa de que la Tierra no se cuente aún entre los "Planetas Sagrados" de nuestro sistema: el retraso de la Humanidad en equilibrar la balanza, en armonizarse entre sí y con su Creador, para que Éste pueda recibir la correspondiente Iniciación que convertirá la Tierra en un planeta sagrado. Es, pues, nuestra responsabilidad. Y hemos de ser conscientes de ello, de que estamos en deuda con Dios y que urge saldarla cuanto antes. Y de que, cada día que retrasemos el pago, incrementamos más nuestra deuda.

 

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